Huna | Blog

05 de octubre del 2014

El costo de la diferencia

Compartir
FacebookTwitterGoogle+


Diferente: Adj. Que no es igual.

Parece necesario iniciar estas líneas reconociendo la postura egocéntrica que todos, o casi todos, en nuestros más personales y secretos deseos tenemos al momento de pensar nuestro paso por el mundo. Es universal el disfrute inherente de la trascendencia en el ser humano, ya sea de lo que se ve -que bien podría ser el resultado de nuestros actos- e incluso de lo que no se ve y está más relacionado al sentir. Casi ninguno de nuestros actos está completamente separado de este objetivo, consciente o inconsciente, pero no por eso menos real y pujante.

Más o menos presente en la consciencia buscamos diseñar un sello distintivo que nos represente en esencia, de manera que pueda diferenciarse de tanta cantidad de seres humanos, aparentemente idénticos. Sin embargo, avanzamos en la construcción de ese distintivo sin tener en cuenta las implicancias profundas que tiene ser diferente, distinto a todos y parecido a uno. Si lo pensamos un instante el hecho de “pertenecer” siempre resultó más sencillo, menos controversial y exigente, ya que el marco, las conductas y el “deber ser” están estipulados por patrones culturalmente aceptados. Pero nosotros queremos ser diferentes. Queremos ser diferentes pero mucho más queremos ser aceptados. Cuanto más nos acercamos a ese sello distintivo, más grande se hace la tensión con el sistema que nos contiene, más se prueba nuestra voluntad de serlo.

Nuestra identidad nos aporta una cuota de similitud con el resto, en nuestro caso, todos somos humanos, es verdad. Pero a su vez, nos otorga una caracterización que es única y que se combina de manera tal en cada uno de nosotros que, naturalmente, nos hace distintos a todos. Somos intrínsecamente distintos pero, a la vez, somos formados culturalmente como iguales.

Junto a los que aspiran a convertirse en personalidades destacadas, o miembros reconocidos de la sociedad, están los que no pudieron optar y no conocen la seguridad que ofrecen los grupos de pertenencia. Ya sea de una u otra manera, debemos reconocer que ser diferente tiene un costo. Como seres sociales, no somos ajenos a las presiones que la misma sociedad impone, en forma de molde que nos edita, recorta y devuelve bastante más parecidos al resto. El camino parece ser más sinuoso para quién decide, de manera consciente, emprender la búsqueda de la unicidad, que para aquel cuyo designo divino lo estableció antes de decidirlo. Sin embargo, ambos compartirán el camino.

No pertenecer tiene un precio, aunque no parezca. Se convierte en una especie de cornisa, donde el viento nos sopla la cara. El abismo nos invita a volver, a abandonar nuestros ideales e ínfulas de grandeza y a cobijarnos en la comodidad de la media. Pero a veces resulta que la pulsión es demasiado fuerte y ser uno mismo, ya no es una opción, sino una necesidad.

Reconocerse distinto quizá sea la instancia previa, y necesaria para lograr serlo. Para eso necesitamos liberarnos de la mirada condicionante del otro, de la necesidad de ser lo que otros esperan y comenzar la reconstrucción integral de nosotros mismos, de una manera libre, optimista y trascendente.

Quienes se encuentren en la senda de la unicidad deberán continuamente renovar el compromiso consigo mismo, con la causa y no claudicar ante las tentaciones de volver al útero materno, en una matrix que si bien parece reluciente y convocante, ya no satisface nuestra más profunda necesidad de trascender. Con la satisfacción del deber cumplido, se agotarán las excusas y aparecerá la ineludible responsabilidad de demostrar que la historia siempre ha sido escrita por quienes se animaron a ser diferentes.

0 Comentarios

Comentar